La cama
Al verla en un rincón olvidado de la casa, mi mente vuelve a los momentos en que mi vida transcurría allí.
Días y noches en las que me preguntaba para que había sobrevivido a ese accidente. Uno que se llevó mi motricidad, la vista y el oído.
En su cómodo colchón, sepulte mil sueños. Empapaba de noche la almohada con lágrimas.
Los peores días los viví en ella.
Recuerdo no querer despertar y notar que ya no caminaba. Abrir los ojos y no ver, sentir sonidos de gente hablar cómo si yo estuviera bajo el agua.
No entendía nada.
Todo se había acabado.
Estaba en casa mirando el techo todo el tiempo.
Recordaba. Lo que era andar. Tener un cuerpo atractivo.
Ser una mujer interesante y de golpe no sentirme nada.
Feos recuerdos traía esa cama.
Odiaba la silla de ruedas. Yo no me sentaría allí, eso era para discapacitados.
Un día, ya tan aburrida me levanté. Me llevaron a la cosina y volví a reconocer los objetos.
Lo primero que me acercaron fue una esponja. La reconocí por su textura. Luego toqué un plato y recordé que había cosas blandas y duras.
Me hicieron tocar mil cosas y descubrí que no estaba muerta en vida, que podía continuar, que había sueños por conquistar.
No volví a usar ese lecho, solo permanece armado en un altillo como un recordatorio de lo que no quiero que pase de nuevo.
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