la jirafita

 

La jirafita.


Los de la ciudad no sabemos, pero de donde vienen las jirafas, ellas caminan tranquilas por la selva, se cuidan entre ellas y son muy rápidas, apenas perciben a alguna fiera que las puede atacar, salen corriendo.
La madre naturaleza les enseña que cuando caen tienen que ponerse de pie rápido.
Me contaron, yo también soy de ciudad, que cuando nacen, las mamás jirafas las tienen paradas… (Pregunten a sus padres de donde salen)…
Como son muy altas el bebé cae desde un metro.
La mamá busca un lugar con mucha hierba para que el golpe no sea fuerte.
Una vez nacido, lo hace parar. Cuando la jirafita lo logra, con sus piernas temblorosas, mamá jirafa empuja a su cría que cae. La recién nacida nuevamente se para.
Por segunda vez es empujada y cae. Ella vuelve a incorporarse.
De esa manera, le enseña que tiene que ponerse rápido de pie porque, de lo contrario, es vulnerable.
Bueno, nuestra protagonista, al nacer, golpeó fuertemente su cabeza.
Nadie se dio cuenta al principio de que, por eso, era sorda.
Su abuela fue quien lo notó, y preocupada se lo contó a su hija:
-Mirá que no oye.
-¿Qué decís mamá?
-Pues Milagros -nuestra amiga-, es sorda.
¿Cómo va a percibir al León? -se preguntaba la jirafa mamá.
A partir de entonces ella sobreprotegió a su hija y nunca la dejó sola.
Su abuela la besaba siempre y notó su inteligencia.
Dios nos dio cinco sentidos y si uno falla, los otros se agudizan.
En la manada todos se burlaban…
¡Mi hija es igual que ustedes!
-¿Sí? ¿Por eso vos la acompañás a todos lados? -respondió una jirafa joven.
-Ya tiene edad de tener novio. -dijo otra. (Milagros ya había crecido). -Claro, ningún macho la querrá –continuaba otra, burlona.
Mamá jirafa agradecía que su hija no oía lo que decían.
Abuela jirafa le dijo:

-No llores corazón, -apartando a su hija-, en parte tienen razón. Vos la cuidás mucho…
-Es que necesita a alguien que oiga a su lado.
-No necesariamente… Déjala y va a aprender a vivir sin vos.
Mamá jirafa empezó a dejarla sola, primero con miedo y después un poco más confiada.
Milagros tenía muy buena vista y un gran olfato. Siempre encontraba las mejores hojas para comer.
Era Bonita, pero nadie creía que podría criar un cachorro.
Un día, en sus paseos, se alejó un poco en busca de hierbas.
En ese momento sintió el olor de un León y se escondió.
La fiera, que tenía ganas de cazar varias jirafas, no se percató de la presencia de Milagros, sabiendo que la manada estaba tomando agua en un arroyo y, por tanto, serían presa fácil.
Agazapado, movía su cola esperando el momento de caer sobre ellas. El viento era contrario, así que estaban desprevenidas acerca de su presencia.
La única que lo notó fue Milagros, pero no sabía qué hacer. Si corría dejaba a su madre y abuela en las garras del feroz depredador.
Ella se acercó temerosa, cuando él se preparaba para saltar sobre Sus víctimas.
Con una patada de las piernas traseras, lo sacó del escondite y las otras, alarmadas, huyeron.
Solo quedó la madre de Milagros, que después de darle un segundo golpe y dejarlo fuera de combate, también corrió junto a ella.

Milagros fue una heroína.
Salvó a toda su manada.
Tuvo miles de machos que se disputaban su amor.
Ella eligió al más tímido, pues sabía que las virtudes no siempre se ven y oyen.

 

 

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